Hay lugares que no nos pertenecen del todo. Aunque podamos habitarlos, recorrerlos o aprovechar sus recursos, existe en ellos una riqueza que trasciende nuestra generación.

Rocha es uno de esos lugares.

Sus lagunas, sus humedales, sus dunas y sus costas no son simplemente paisajes hermosos ni obstáculos para el desarrollo. Son sistemas vivos, equilibrios delicados y parte de una identidad que no se puede reconstruir una vez perdida.

El desafío no consiste en elegir entre conservar o progresar. Consiste en comprender que no todo progreso es desarrollo y no toda riqueza se mide en dinero.

Un aeropuerto, una carretera o un emprendimiento turístico pueden representar oportunidades. Pero la verdadera pregunta es otra: ¿dónde, cómo y a qué costo ambiental?

Porque el desarrollo responsable no se demuestra por la magnitud de las obras que somos capaces de construir, sino también por la inteligencia de saber dónde no debemos hacerlo.

Las áreas protegidas necesitan algo más que decretos, carteles y celebraciones. Necesitan gestión, controles, recursos y, sobre todo, decisiones públicas que estén a la altura de aquello que dicen proteger.

Quizás la mayor contradicción de nuestro tiempo sea esta: llamamos recursos a los bienes de la naturaleza y patrimonio a aquello que ya hemos aprendido a valorar.

Proteger hoy es reconocer que no somos dueños de todo lo que podemos transformar. Somos responsables de aquello que dejaremos a quienes vienen después.

Que este 17 de octubre no sea solamente una fecha para celebrar las áreas protegidas, sino una oportunidad para preguntarnos si estamos haciendo honor a esa responsabilidad.

Porque una laguna puede sobrevivir a muchas generaciones humanas. Pero una generación puede destruir, en muy poco tiempo, aquello que la naturaleza tardó siglos en construir.